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El Muni

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No tienes ni remota idea de cuánto te quiero LXXIV.

Publicado en 20 Marzo 2015 por Bokung Ondo Akum in Narraciones romanticas

El paseo marítimo de Bata les unió.
No tienes ni remota idea de cuánto te quiero  LXXIV.

 

 

Bata amanecía cuando salían de la discoteca. Iban algo encendidos por la euforia; copas y cócteles habían rodado en la barra del club nocturno durante aquella noche de domingo.

 

Al franquear el portón de salida y plantarse afuera de la disco, se dieron cuanta de que los muchachos ya enfilaban hacia sus colegios, que el bullicio reinaba en la ciudad, los claxons de los áutos vibrando con estridencia acá y allá, mientras los mercados se iban abarrotando de gentes y existencias.

 

Los funcionarios embutidos en sus trajes, carteras suspendidas bajo el brazo, las funcionarias luciendo sus mejores atuendos, bolsos al hombro, se desplazaban con evidente premura hacia sus oficinas.

 

De todos los que salían de la discoteca, una parejita había que se sentía como desubicada a esas horas de la amñana, cuando todo el mundo iba a su faena. Pero, tenían a la vista un deber de la vida que llevar acabo: amarse.

 

Atardece en Bata

Atardece en Bata

 

Y es que se habían visto por primera vez la noche del sábado. Entre la una y el otro, algo les decía en el fondo de su corazón que debían volver a la disco el domingo, pues los dos coincidieron en ese deseo y a penas pudieron despedirse aquella primera noche.

 

Ahora, mientras iban avanzando, con cierta timidez él puso la mano sobre su cintura; cuando ella sintió la mano de su acompañante, hizo instintivamente a su vez lo mismo, también pasó la suya a la cintura de éste, con lo que se pusieron a caminar confiados, con el paso sincronizado como dos autómatas.

 

Eligieron uno de los accesos al paseo marítimo batense en busca de la soledad. Llegados a la costa, la brisa del Atlántico les dio la bienvenida con una racha de brisa fresca.

 

 

Bata anochece

Bata anochece

Una transferencia de calor reversible, de la una al otro, les iba uniendo cada vez más. Aun no se habían besado siquiera, pues acababan de conocerse realmente esa misma noche, porque en la noche anterior solo habían podido cruzarse miradas seductoras y sonrisitas amables. Tampoco el chico tuvo en esa ocasión el valor de pedirle bailar a la muchacha esa noche del sábado.

 

A medida que recorrían el paseo marítimo, la transferencia del calorcillo entre ambos iba subiendo en grados y en caudal.

 

Era un catorce de febrero el sábado que les reunió en la discoteca. Entre los dos ninguno tenía una relación previa. Como dos solitarios salieron a secundar la alegría de los enamorados en el día de San Valentín y el destino quiso que se cruzaran sus miradas.

 

Ya paseando en el paseo marítimo, a la sugerencia de la muchacha, eligieron un banco orientado al mar para sentarse, pues los dos se sentían algo mareados, pero la brisa marina les venía  bien para despejarse.

 

Mientras las gaviotas revoloteaban alborotadas sobre un banco de sardinas, los pajarillos cantando alegres posados sobre las ramas de los árboles y las palmeras que se mecían bajo el empuje de la brisa atlántica; el sol despuntaba, el sol cuyos rayos caían sobre Bata situándolo en el Ecuador, los ojos de los dos jóvenes batenses se empañaron de brillante humor, reflejo de su ansia interna por estar juntos.

 

 

No tienes ni remota idea de cuánto te quiero  LXXIV.

Tierno y protector a la vez, a pesar del temblor de sus manos, le cogió las mejillas. Ella, nerviosa, sus ojos instintivamente cerrados al tiempo que rodeaba el cuello del chico con sus manos.

 

Como el arranque de un electrodo al soldar, una andanada de terminaciones nerviosas afloró de sus tiernos y ardientes cuerpos disparando el primer fogonazo al primer roce de sus labios. El muchacho le agarró por la cintura;  sus brazos, con la fuerza de un luchador de sumo, como si fuera a romperla en dos, atrajeron a la joven hacia sí. Entonces, el chico la besó de verdad, hundió sus labios en su boca cuando una ola gigante golpeaba la costa salpicándoles. Ni se enteraron.

 

Los dos enamorados se quedaron abrazados tendidos sobre el banco, besándose frenéticamente a ratos hasta que Bata empezó anochecer de nuevo.

 

 

 

Bk

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